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Las sesiones en esta lista de reproducción: https://www.youtube.com/playlist?list=PLZaV7pCtbLwrOet1vWyVMLB5flZuRn34S
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Redactio 21:32, 18 Aprilis 2022 facta

Fuente: https://rsanzcarrera2.wordpress.com/arqueologia/

Las sesiones en esta lista de reproducción: https://www.youtube.com/playlist?list=PLZaV7pCtbLwrOet1vWyVMLB5flZuRn34S


Lo siguiente está incompleto. Mejor se puede seguir lo que está en este enlace: https://rsanzcarrera2.wordpress.com/2007/09/11/arqueologia-cristiana/


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A continuación pongo un curso completo de vídeos de esta interesante materia. El curso está impartido por un sacerdote amigo, D. José Antonio Íñiguez, profesor de Arqueología Cristiana en UDEN.

Además de los vídeos, en cada clase encontrarás un breve resumen de la materia y algunas fotos. El orden es el siguiente:

Introducción

Esta primera clase introductoria, está dedicada a los conceptos básicos que hemos de tener claros desde el comienzo de este estudio. En concreto veremos la NOCIÓN DE ARQUEOLOGÍA, primero en General, su Objeto y su Método, y a continuación daremos una definición de la Arqueología Cristiana.

Después haremos un breve recorrido de la HISTORIA DE LA ARQUEOLOGÍA CRISTIANA hasta el siglo XIX, en el que nos detendremos un poco más por ser el momento en el que podemos decir que comienza el estudio científico de la Arqueología Cristiana.

Muy brevemente veremos la DELIMITACIÓN ESPACIAL Y TEMPORAL DE LA ARQUEOLOGÍA CRISTIANA.

Y por último estudiaremos las FUENTES LITERARIAS AUXILIARES DE LA ARQUEOLOGÍA CRISTIANA.

NOCIÓN DE ARQUEOLOGÍA CRISTIANA

OBJETO

Entendemos por arqueología «la ciencia que estudia todo lo que se refiere a las artes y a los monumentos de la antigüedad». Abarca todo tipo de restos, pintura, escultura, arquitec­tura, arte funerario, mosaico, vidrio, cerámica, objetos de madera y metal. etc. Su estudio determina el conocimiento de la cultura de un grupo humano concreto en un área y un tiempo limitados.

Se denomina arqueología pura cuando se carece de cualquier otra fuente de información que no sean los restos dejados por la actividad del hombre. Cuando en la historia de cada pueblo o de cada grupo humano conviven juntos los testimonios escritos y los restos ar­queológicos, y por no ser suficientes los primeros para poder determinar la cultura de ese pueblo se necesita todavía del estudio arqueológico. Pero, cuando los datos literarios comu­nican con suficiente precisión la historia y la cultura del grupo huma­no estudiado, ya no se llama arqueología el estudio de sus restos, sino arte, artesanía, etc.

MÉTODO

Límites del método arqueológico: nunca se puede pretender que el hallazgo arqueológico proporcione un conocimiento que supere su ámbito; es decir, no se le puede ha­cer hablar un idioma que no es el suyo. Por ejemplo, el hallazgo de una escalera de piedra podrá precisar el momento de su construcción, cuándo dejó de usarse, y si fue mucho o poco transitada, pero nunca el nombre de los que por ella pasaron. Si contiene una lápida con este dato, es un resto literario el que nos llega, pero la arqueología sigue muda sobre este suceso.

LA ARQUEOLOGÍA CRISTIANA

La arqueología cristiana es una parte de la arqueología general, y emplea en su ejercicio los mismos métodos que ésta. Pero ha de hacer­se una salvedad importante. Los restos cristianos que poseemos co­rresponden a una época plenamente histórica del cristianismo, con una gran abundancia de textos literarios y, por ello, el nombre de arqueolo­gía es equívoco.

Ya el profesor Grabar propuso, y muchos le han segui­do, sustituir el nombre de «arqueología cristiana» por el de «arte paleocristiano o arte cris­tiano primitivo». Como tal arte aporta muchos datos interesantes sobre la actividad de los primeros cristianos, ilustrando textos -por ejemplo, el ser siempre tres los reyes que aparecen adorando al Señor en la Epifanía, y estar siempre nuestra Señora sentada en una silla con brazos- o modos litúrgicos -postura en la oración o ágapes eucarís­ticos-; y el arte que nos ha llegado es, casi sin excepción, el funera­rio, ritos y costumbres otorgados al cuerpo muerto, muy especialmen­te, al cuerpo de los mártires.

HISTORIA DE LA ARQUEOLOGÍA CRISTIANA

a) HASTA EL SIGLO XIX

Pueden llamarse propiamente investigaciones arqueológicas las llevadas a cabo por el papa San Dámaso en el siglo IV para encontrar los sepulcros de los mártires y honrar sus reliquias como se merecen.

Siguen estas búsquedas, con más o menos intensidad, durante la Edad media, y terminan por convertirse en una investigación más sistemáti­ca a partir del siglo XVI, en este caso impulsada por el interés que des­piertan entre los filólogos y lingüistas las inscripciones, tanto paganas como cristianas.

A este interés vino a sumarse un hecho importante. Con el deseo de defender la doctrina protestante, sobre todo en el rechazo al papa­do y la liturgia católica, Matías Flacius Illiricus, Juan Wigand, Mateo Judex y Basilio Faber concibieron el proyecto de abordar el estudio exhaustivo de la historia de la Iglesia en los cinco primeros siglos de su existencia. El resultado fue una publicación, entre los años 1559 a 1576, lla­mada Las centurias de Magdeburgo (obra por lo demás bastante mediocre).

Esta defensa arqueológica de la doctrina de la Reforma hizo que los autores católicos se interesaran por los restos cristianos del pasa­do. Contra Las centurias escribió San Pedro Canisio (1521-1579), e inauguraron la investigación arqueológica científica San Felipe Neri (1515-1595), San Carlos Borromeo (1538-1584) y César Boronio (1538-1607), quien estudió el cementerio de Via Salaria, descubierto el 31 de mayo de 1578. Opuso a Las centurias su obra, en doce to­mos, Anuales ecclesiastici y un Martirologio romano, que recogen los numerosos hallazgos de la época en las catacumbas romanas.

Siguió la investigación arqueológica durante los siglos XVII y XVIII con la formación de diferentes escuelas alrededor de un maestro. Una de las figuras más importantes de este periodo fue Antonio Bosio (1575-1629), dedicado plenamente al estudio de las catacumbas romanas conocidas y a la búsqueda de otras nuevas. Su obra, Roma sotterranea, fue publicada en 1632, tres años después de su muerte. Puede ser calificado como el primer in­vestigador catacumbario de riguroso método científico.

b) EL SIGLO XIX

Citaremos solamente como los investigadores más importantes al abad Settele, al jesuita Giuseppe Marchi (1795­1860), y al llamado Colón de la Roma Subterránea, Giovanni Battista De Rossi (1822-1894). Es el momento en que comienza la aparición de manuales de arqueología cristiana.

El interés primitivo de De Rossi se concentró en la paleografía griega y latina, pero la búsqueda de nuevas inscripciones le llevó a vi­sitar con frecuencia las catacumbas de Roma y a trabar amistad con el P. Marchi. En el año 1849, mientras exploraba el área superior de la catacumba situada entre la Via Appia y la Arleatina, encontró un fragmento de lápida de­dicada con seguridad al papa Clemente, lo que le condujo hasta una de las entradas de la catacumba de San Calixto, el cementerio de la Igle­sia romana del siglo III, la capilla donde fueron enterrados varios de sus papas, y al cementerio de Santa Cecilia. Realizó estos trabajos bajo la protección del papa Pío IX.

Ante el éxito alcanzado, emprendió la búsqueda de las sesenta ca­tacumbas romanas conocidas por datos literarios fiables, y su trabajo de excavación e interpretación apareció en tres tomos, Romma sotte­rranea cristiana, entre 1864 y 1877. Además fundó en 1894 el Bulleti­no d’Archeologia Cristiana que ha seguido, con diversos nombres, hasta nuestros días.

El papa Pío IX creó en 1852 la Comisión Pontifi­cia de Arqueología Sagrada. A partir de este momento se sucedieron las investigaciones y la publicación de hallazgos en casi todas las na­ciones que conocieron el cristianismo primitivo, junto con las italia­nas.

DELIMITACIÓN ESPACIO TEMPORAL DE LA ARQUEOLOGÍA CRISTIANA

a) EN EL ESPACIO

Los yacimientos de la arqueología cristiana se encuentran en un área limitada que comprende la islas británicas, el territorio europeo al sur y al este de los ríos Rin y Danubio, el mar Negro, los Balcanes, Asia Anterior, el área comprendida desde el Éufrates hasta Palestina y el norte de África: Egipto, Libia, Túnez, Argelia y Marruecos. Quizá hallazgos futuros puedan ampliar el panorama arqueológico a la India donde, según Eusebio, predicó San Mateo.

b) EN EL TIEMPO

Las investigaciones en el siglo XX llevan a la conclusión de que el arte cristiano no puede remontarse más allá del año 150 de nuestra era y, con mayor precisión, podemos decir que no tenemos ningún ejem­plo anterior a un período que oscila entre los años 220 a 260. Esto no es nada extraño; para que apareciera un arte propio fue necesario espe­rar a que el número de cristianos fuese tal que les permitiera constituir­se como foco cultural, no sólo religioso.

En cuanto al final de la arqueología cristiana, es diferente para cada uno de los países, pero puede darse una fecha general alrededor del siglo VI.

FUENTES LITERARIAS AUXILIARES DE LA ARQUEOLOGÍA CRISTIANA

Llamamos fuentes literarias auxiliares de la arqueología cristiana a todos aquellos datos escritos conservados en cualquier material, que aporten algún conocimiento sobre los monumentos que se estudian, sus vicisitudes o los hechos históricos que les acompañen, o aun la si­tuación de los desconocidos.

La fuentes auxiliares de la arqueología cristiana son:

  • La Sagrada Escritura,
  • Los escritos de los Padres y de los escritores eclesiásticos (especialmente Eusebio de Cesarea con su Historia eclesiástica y su Apología de Constantino).
  • En el siglo VI aparecerá la literatura apócrifa.
  • Las actas y pasiones de los mártires; los calendarios; los martirologios, sinaxarios y menologios; los sacramentarios y sacramentales; los catálogos de papas, obispos y abades; y, por último, los itinerarios para las peregri­naciones y los catálogos monumentales de las ciudades.
  • Las co­lecciones de inscripciones llamadas también sillogios.

LAS CATACUMBAS O HIPOGEOS

En Roma a los cadáveres se les enterraba en lugares a las afuera de la ciudad. Estos lugares o cementerios podían pertenecer a familias concretas o pasar a ser de colectivos o sociedades como ocurre con el cementerio de los libertos. También se les podía incinerar y entonces se guardaban los restos en tinajas que se depositaban en lugares cuyos orificios recuerdan a los palomares y por eso reciben el nombre de columbarios.

Los cementerios bajo tierra, los hipogeos, aparecen por dos moti­vos. Desde el comienzo del cementerio como excavación, por ejemplo, en la falda de una ladera, o como extensión del cementerio de superfi­cie, cuando llegó éste a su saturación, procurándose galerías bajo tie­rra, siempre sin que éstas excedieran los límites de la posesión que co­rresponde a la superficie.

Resulta interesante estudiar el origen del término “cementerio” y su relación con el término “catacumba”.

Hoy parece suficientemente demostrado que las catacumbas cris­tianas no son otra cosa que una transformación, y muy pequeña, de los Hipogeos paganos cuya tradición quizá se remonta a Etruria.

El hecho de que el cristianismo fuera reconocido en el año 313 por Constantino como una de la religiones del imperio romano supuso para las catacumbas una nueva etapa con tres fenómenos fundamentales: la modificación de algunas zonas para dar paso al lugar donde reposa el cuerpo de un mártir; el gran crecimiento en extensión por el aumento de nuevas galerías excavadas; y la aparición de otras catacumbas nue­vas.

Termina el auge de las catacumbas en el siglo V con las invasiones bárbaras.

Durante la Edad Media, son veneradas pocas catacumbas, especialmente las que guardan reliquias conocidas.

Desde el punto de vista de la difusión geográfica de las catacumbas, puede decirse que el fenómeno catacumbario queda reducido al área de la península italiana y a sus islas más cercanas: Sicilia, Córce­ga y Cerdeña, y Malta.

En este momento estamos en disposiciones para elaborar un elenco de los elementos que componen tanto el cementerio de superficie como en la zona excavada de las catacumbas.

Los elementos catacumbarios más característicos son los siguientes:

  • Tumba
  • Túmulo
  • Sarcófagos
  • Ciborios
  • Mausoleos
  • columbarios
  • Galerías
  • Nichos
  • Arcosolios y
  • Cubículos

Otros elementos de las catacumbas menos característicos pero que también veremos son: Baldaquinos; Escaleras; Chimeneas y lucernarios; Cátedras

LOS TÉRMINOS «CEMENTERIO» Y «CATACUMBAS»

El vocablo corriente en la lengua latina para designar el lugar des­tinado a enterrar los cuerpos de los difuntos fue siempre necrópolis, la ciudad de los muertos, heredera de fuentes griegas. Pronto, cuando el número de cristianos creció hasta formar un auténtico grupo entre sus conciudadanos, inventaron los primeros una nueva palabra para dife­renciar las necrópolis paganas de las solamente cristianas, seguramen­te después del año 150. El neologismo procede de un término también griego, como el anterior: koimáo, que significa dormir. De ahí obtu­vieron la palabra coimeterium, de donde procede «cementerio».

Un origen absolutamente distinto al de cementerio tiene el voca­blo «catacumbas». El nombre de catacumba con el que se denomina a estos lugares de enterramientos ha sido fortuito y se debe a que el primer lugar donde se descubren se llamaba ad catacumbas, un lugar cercano a la Via Appia Antica, próximo a la tumba de Cecilia Metella, en el tramo comprendido entre ésta y la ciudad de Roma, era llamado en los itinerarios medievales más viejos: «Cementerio catacumbas junto a San Sebastián en la Appia». Poco a poco, con el transcurso del tiempo, el toponímico «catacumbas» dejó de serlo para significar el nombre común que designa concretamente el cementerio cristiano bajo tierra. Al conjunto, cementerio de superficie y bajo tierra, o independien­temente a cada uno de ellos, se le llama necrópolis.

LAS CATACUMBAS CRISTIANAS

Hasta mediados del siglo II -aproximadamente el año 150- no aparece ningún signo cristiano en las catacumbas conocidas, de mane­ra que debemos pensar que hasta esa fecha los cristianos no debieron de tener cementerios propios y no se distinguieron sus lugares de ente­rramiento por ningún símbolo ni inscripción cristianos.

Desde la mitad del siglo II y hasta el comienzo del III, aparecen en­terramientos cristianos con distintivos simbólicos o epigráficos de la nueva fe tanto en hipogeos familiares como públicos. Al final de este período, algunos de estos hipogeos fueron cedidos a la Iglesia, lo que produjo un crecimiento notable en el número y longitud de las galerías excavadas.

En el siglo III creció en muy alta proporción el número de cristia­nos en todo el Imperio, y algunos de los cementerios, ya plenamente cristianos en su uso, pasaron a ser propiedad de la Iglesia o fueron ad­ministrados por ella.

Las grandes catacumbas suelen poseer una zona pagana, otra mixta, de enterramientos paganos y cristianos, y otra sólo cristiana. Es además normal que tengan su origen en varios hipogeos iniciales separados que acabaron uniendo sus galerías al encontrarse unas con otras.

En este período debieron de aparecer como trabajadores fijos de los cementerios los fosores o fossarii, cuya función consistía en exca­var las tumbas, las galerías y los cubículos, enterrar los cadáveres y cuidar, en general, del mantenimiento de todo ello.

LA LIBERTAD DE LA IGLESIA A PARTIR DEL 313 Y LAS MODIFICACIONES EN LAS CATACUMBAS

Las modificaciones de la viejas catacumbas para facilitar el culto a los mártires se reducen fundamentalmente en la apertura de grandes escaleras de acceso hasta la tumba venerada y la excavación, a su alre­dedor, de varias dependencias que consisten, por lo general, en un aula frente al sepulcro y, en un espacio tras él, el llamado retrosanctos. El aula puede ser sustituida por una basílica pequeña semienterrada.

Paladín de esta actividad fue el papa San Dámaso (366-386), que promovió la búsqueda de los sepulcros martiriales, dedicando a los en­contrados bellos epitafios, tanto por su redacción poética como por la letra con que fueron grabados en losas de mármol por su cantero Filo­calo, de quien reciben estos caracteres el nombre de filocalianos.

VENERACIÓN DE LAS CATACUMBAS DURANTE LA EDAD MEDIA

Ante los repetidos asedios de Roma por las tropas sarracenas a partir del siglo VIII, varios papas emprendieron el traslado de las reli­quias más veneradas a un lugar seguro dentro de la ciudad, a la par que muchas autoridades cristianas, tanto religiosas como civiles, consi­guieron adquirir restos martiriales, incluso cuerpos completos, para sus catedrales, palacios o monasterios. Esta devoción fue aminorando con el paso del tiempo, hasta casi desaparecer al final de los tiempos góticos, alrededor del siglo XV. En el siglo XVI, en Roma, sólo se visi­taban las catacumbas de San Sebastián, la de San Lorenzo o de Ciria­ca y la de San Pancracio. A partir de este momento, las catacumbas pa­san a ser una realidad arqueológica.

LA DIFUSIÓN GEOGRÁFICA DE LAS CATACUMBAS

Efectivamente, desde el punto de vista de la difusión geográfica de las catacumbas, puede decirse que el fenómeno catacumbario queda reducido al área de la península italiana y a sus islas más cercanas, Sicilia, Córce­ga y Cerdeña, y Malta.

En el resto de la cristiandad la cantidad de es­tos vestigios es muy exigua. En números absolutos, la distribución de las catacumbas en el orbe cristiano es aproximadamente la siguiente: en el norte de África, 5; en Asia Menor, 4; en Cirenaica, 2: en Egipto, 9; en Palestina, 1; en Francia, 1; en Austria, 1; en Grecia, 1; en Rusia, 1; y en Italia, exceptuada Roma, en 42 ciudades, algunas con más de una catacumba. En Roma, 51-20 de ellas de la mayor importan­cia-, 7 en Malta, y en Sicilia, entre otras, el importantísimo conjun­to de Siracusa.

EL CEMENTERIO DE SUPERFICIE

En la foto que se adjunta (pinchar para ver más grande) pueden observarse cuatro filas de tumbas excava­das en el suelo cubiertas por simples losas de piedra. En la cabecera de cada una de estas tumbas se levanta una lápida que contiene el nombre del difunto u otra leyenda fúnebre: recibe el nombre de estela.

A continuación, precisamente entre dos árboles que hace más fá­cil su reconocimiento, se ha situado un templete que cobija una caja de piedra: el primero constituye el llamado tegurium, baldaquino o cibo­rio, y el segundo, el sarcófago (Etim.:devorador de carne). Al fondo, arrimado a la pared, puede verse un tejadillo soportado por el muro y dos columnas, que también cubre un sarcófago: se trata del protectum o tegleta.

Junto a la tegleta, a su izquierda, aparece una serie de arcos apoya­dos en la tierra que forman otros tantos huecos en el muro, cerrados por su parte externa. El primero aloja un sarcófago, y los siguientes al­bergan unas simples tumbas excavadas en el suelo. Nos encontramos ante el llamado arcosolio.

A la derecha del ciborio se levanta un pequeño edificio destinado a contener los restos mortuorios en tumbas en el suelo y en nichos en las paredes, algunas veces en vasos de piedra o de barro para las ceni­zas: se trata del mausoleo. Los mausoleos podían hallarse aislados o adosados unos a otros, formando hileras que, a veces, constituían au­ténticas calles.

En la lámina se ha dispuesto junto al mausoleo descrito otro sec­cionado para poder mostrar cómo de su suelo parte una escalera que se adentra bajo tierra. Por ella se puede penetrar en el cementerio subte­rráneo o, más propiamente, en la catacumba.

LA ZONA EXCAVADA DE LAS CATACUMBAS

En la zona excavada de las catacumbas se encuentran los mismos elementos del cementerio externo con algunas modificaciones exigi­das por su nuevo emplazamiento.

Sigamos con la foto adjunta. Del mausoleo que aparece cortado parte una escalera que se transforma en rampa hasta desembocar, en el interior, en una galería que la cruza perpendicular­mente. En la pared N de esta galería E-O pueden observarse los lócu­los o nichos, excavaciones de aproximadamente dos metros de largo por medio metro de fondo y altura, donde se coloca el cadáver en dirección paralela a la pared. El hueco se tapa con una o tres losas de piedra o de cerámica, llamadas lápidas.

También existen tumbas cavadas en el suelo de las galerías o de los cubículos (sobre todo en Sicilia y Malta).

Siguiendo por esta galería, en dirección O, encontramos un arco­solio, ahora elevado aproximadamente un metro sobre el suelo de la galería. Normalmente este arcosolio de la catacumba cobija dos tum­bas, una bajo el plano horizontal donde arranca el arco cubierto tam­bién con lápidas y otra en la pared del fondo, bajo el arco. Unos estu­vieron decorados y otros no.

En la misma galería, se encuentra la puerta de en­trada a un espacio semejante a una pequeña habitación. En el caso par­ticular representado pueden apreciarse dos filas de nichos flanqueando la puerta y un arcosolio en una de sus paredes. Se trata de un cubículo, heredero del mausoleo de la superficie, con los mismos elementos que aquél. El techo de los cubículos suele haber sido excavado siguiendo el esquema de una bóveda de arista muy plana, como queda representado en las líneas de puntos que delimitan el cubículo gemelo del anterior.

A continuación aparece el cruce de dos galerías, cuyos techos en forma de bóveda de cañón muy plano producen en su intersección una bóveda de arista.

Se ha representado una chimenea de ventilación -rara vez son de iluminación-; estos conductos suelen instalarse en el cruce de dos ga­lerías, como puede observarse casi en el centro de la lámina, con un brocal de pozo de ladrillo en la superficie para impedir la caída de obje­tos, animales o personas en él. Si estos pozos se destinan a proporcio­nar luz al interior de la catacumba se llaman lucernarios. También pue­den tener lucernarios los cubículos, en general mucho mayores que los de las galerías y frecuentemente más modernos.

Abundan pequeñas hornacinas excavadas en los muros para depo­sitar linternas de aceite que proporcionan alguna iluminación a los cu­bículos o a las galerías de las catacumbas. En la lámina se encuentra un ejemplar representativo en la esquina de la galería de bajada con la primera transversa.

El baldaquino y la tegleta, al perder toda función al pasar bajo tie­rra, aparecen en muy pocos casos, casi todos encerrados en el área de Sicilia. Los estudiaremos en su lugar.